Lo más impactante de esta película, dirigida por el actor y director Clint Eastwood, no es la base argumental que se vislumbra desde el inicio del film: un anciano -excombatiente de la Guerra de Corea- reservado, huraño, caracterizado por un indescriptible y melancólico aire de autosuficiencia, así como un comportamiento arquetípico de hombre duro; Walt Kowalsky, curtido veterano de ideas retrógadas, caducas (al que le escucharemos reiteradas expresiones racistas, despectivas, y el uso de constante argot callejero), que se refugia en el rincón solitario de su casa… Lo más efectivo de la película es el desarrollo del guión, y una dirección que indaga la psicología de los personajes con maestría, de forma gradual, sin aspavientos ni moralejas insistentes, además de un peculiar sentido del humor, de un personaje curioso que guarda un fondo de amargura y de dolor.
Esa especie de aislamiento, de la distancia de su familia, de defensiva soledad, no puede petrificarse ante realidades como la convivencia en una misma calle, en un barrio invadido e inquietado por la violencia de las bandas callejeras, ni le asegura la invulnerabilidad propia del héroe imaginario que acababa siempre por imponerse blandiendo las armas del odio, la venganza y el miedo.
Walt Kowalski, (interpretado excelentemente por Clint Eastwood), es un hombre metódico y experimentado, un “tipo duro” e insociable desde la distancia, pero con un indisimulado rictus de amargura en su rostro, encarnando la crítica de una visión trasnochada de la fortaleza y la inmunidad, la perfección deshumanizada, mostrándonos con pasmosa naturalidad los efectos secundarios de la vida real; secuelas, cicatrices… y las arrugadas lecciones de la veteranía, y las conclusiones de la soledad, y el error que se suele cometer al juzgar precipitadamente a las personas; aplicando aquel conocido aforismo que nos recuerda que “no debemos juzgar por las apariencias”, porque tras una máscara ceñuda de altivez e intransigencia, puede esconderse también una persona sensible, que también puede reconocer sus errores, arrepentirse.“Gran Torino”, más que una respuesta crítica a tantos interrogantes vitales, o la representación de un inusitado cine social, es una lección de filosofía narrativa, de buen cine que no reclama mensaje (porque cada toma, cada fotograma, es un estudiado mensaje)… Sin eludir la referencia a reiteraciones algo prescindibles en algunas escenas humorísticas (como cuando invita al joven Thao -interpretado por Bee Vang- a ensayar varias veces la entrada a la barbería), en general “Gran Torino” brilla por su dirección e interpretación, miradas y encuadres directos, y por asociaciones de imágenes muy sutiles en el trasfondo de la película.
Y precisamente tras esa meditada simplicidad se halla el más preciado valor de “Gran Torino”, cómo transcurre tan plena de detalles introspectivos hasta el final, que no precisamos ahondar en segundas o terceras lecturas, y más cuando se trata de un argumento intrínsecamente relacionado con los efectos de la guerra; por más que se perciba como una metáfora, una alegoría interpretable (o quizás extrapolable), no pierde interés ni efecto alguno si sólo reflexionamos sobre lo que hemos visto: una más que creíble representación de la vida de personajes y situaciones realistas; un extraño protagonista escéptico, incrédulo, que recobra la lucidez ante la evidencia del valor de la humildad y el sencillo agradecimiento, la fuerza del afecto, la riqueza y el ritual del amor en los detalles cotidianos; de ver la realidad, despertar y recobrar la lucidez del amor, del respeto.
Calificación: 8.